Ucronía

Por Gonzalo José Bolio

 

Estimado Luis:

Como prometí, escribo para relatarte lo sucedido el mes pasado cuando visité al Dr. Barca en la Universidad Nacional. Debo admitirlo, visitar a ese hombre es siempre una experiencia reveladora. Espero que sea de tu agrado e interés y que perdones mi deficiente castellano, aún tiene poco tiempo que llegué a México.

Ese día desperté con cierta emoción; desayuné, no sin cierta prisa, e inmediatamente me puse en camino. Tomé un camión que me llevó a la estación del metro más cercana. De ahí rodé hasta la universidad. Salí de las profundidades de la tierra y en cuestión de minutos llegué a la puerta de su oficina.

Saludé al doctor, hablamos unos minutos sobre su salud y su familia, todo bien gracias a Dios. Entonces le pregunté acerca de sus investigaciones a lo cual él contestó con sus últimas reflexiones, surgidas, según él, a partir de la lectura de un libro de Roger Penrose. El libro ahí estaba, lo vi sobre su escritorio. El título rezaba «La nueva mente del emperador», cosa que no dejó de llamarme la atención al ser su autor, según el doctor Barca, un físico matemático. La cuestión, me explicó el doctor, era que el libro (entre muchas otras cosas) planteaba una inverosímil y a la vez aguda interrogante: ¿Por qué recordamos el pasado pero no el futuro? ¿A qué se debe que podamos sin dificultad alguna recordar hechos sucedidos hace 50 años, pero no tener certeza de lo que sucederá en los próximos 50 segundos? Todas estas cuestiones lo habían mantenido con la mente ocupada, y eventualmente lo llevaron a escribir un artículo, a modo de experimento mental, sobre las consecuencias de que la norma de nuestra experiencia del tiempo fuese la inversa, que recordáramos el futuro y desconociéramos el pasado.

Me entregó una copia del mismo, a la cual le eché un vistazo. Inmediatamente tuve problemas para entender algunos de los conceptos ahí expresados, tales como la relación de la entropía con el curso de la flecha del tiempo, que se supone explica la percepción que tenemos del avance del mismo a partir del aumento de la entropía en el universo, pues según la segunda ley de la termodinámica, el todos los sistemas tienden al equilibrio térmico; o la idea de la multidimensionalidad temporal, que plantea la existencia, no de una, sino de múltiples dimensiones temporales (Se dice que en nuestro universo hay tres dimensiones espaciales y una temporal, pero el plantear la existencia de una única dimensión temporal implica cierto determinismo). Todo esto él me lo explicó a detalle, pero lo cierto es que mi limitación en dicho campo me impide hacer lo mismo contigo.

Más allá de esos interesantes conceptos, lo verdaderamente relevante de su trabajo era el experimento mental que como parte del artículo, plasmó en un corto relato. He decidido editarlo y retirar gran parte del aparato crítico y la justificación para dejar tanto la introducción, como para hacer el texto más accesible, por si lo quieres compartir. Sé que te va a gustar. Por cierto, el otro día en un rato de ocio descubrí que Borges (como el genio que fue) ya había contemplado esta idea en un pie de página de un cuento de cuyo nombre no quiero acordarme, vale la pena leerlo y si te interesa puedes recorrer su obra. Como sea, aquí está el producto de la mente del Dr. Barca:

El relato que presento a continuación se encuentra escrito en tercera persona desde el punto de vista de un narrador omnisciente y ajeno a la situación, esto es con el sólo objeto de subsanar las deficiencias que pudieran surgir con la narración si ésta se viera sujeta al mismo régimen temporal. Imaginar el interior de una mente que sólo puede “recordar” el futuro es algo complicado y debido a mi pobre imaginación, he decidido relatar la mayor parte del acontecer a partir del recurso mencionado. Los elementos subjetivos de los personajes aparecerán en el texto conforme sea útil y necesario.

«Viernes 10 de enero. 18 horas.

Rodolfo Ramírez despierta, es temprano, la aurora de rosados dedos, aún está por salir. Él lo sabe, pero pronto no. No sabe quién es ni quién fue, sólo aquello que será, eventualmente. El hombre sabe que despierta a la luz del último día en que verá la faz de la tierra; más allá, nada. Es imposible recordar lo que ocurrirá después de la muerte, al parecer nadie lo ha logrado, ni lo logrará por más esfuerzos que haga. Se levanta, apaga el despertador; se dirige a la regadera, Abre el agua y contempla la novedad de aquello que ha visto toda su vida. Pero él no lo conoce, para él, el presente es novedad y olvido a la vez. Limpio ya, quita la humedad de su cuerpo con una toalla que cada vez conoce menos. Se viste. La camisa blanca del último día de trabajo, la saca del cajón y mira el lugar donde recuerda que sentirá el dolor, ahí donde eventualmente correrá sangre. El lugar que será tocado por el frío. Él cree que podrá evitar tal eventualidad porque no confía en su memoria, piensa que el destino es evitable. Sin embargo aunque él no lo sabe, él jamás podrá escapar a los designios del Hado. Sube a la cocina y se sorprende al encontrar listo el desayuno que él mismo preparó la noche anterior. Se lava los dientes y abre la puerta al mundo exterior con miedo a enfrentar el fin de la vida.

Bruno despierta a las 16:00 horas, dos horas después que Rodolfo, a quien cree que podrá evitar matar ese día al confundirlo con el ladrón que intentará robar el edificio que cuida. Trágico error será, procura no pensar en ello, debe olvidar. Bebe el vaso de agua que encuentra junto a su cama, se pone el uniforme de policía por última vez. Camina rumbo al tren, dispuesto a atravesar media ciudad, a pesar de los contratiempos que enfrentará en el camino. Debe llegar a las 17:00, y aunque se apresure sabe que no estará en el edificio antes de las 17:23. Veintitrés minutos tarde cuando la tolerancia es de diez. Todo por culpa de esa mujer que en la próxima estación se arrojará a las vías. Una pena terminar la vida así, bajo las ruedas y sobre los rieles, abrazando los durmientes y besando la grava. Él al menos sabe que no acabará así. No. Su fin llegará sino hasta dentro de veinticinco años, tres meses y ocho días (aún recuerda exactamente la cantidad de días). Será relativamente rápido, un infarto fulminante al miocardio. El tren está a punto de llegar a la próxima estación, ahí donde tendrá que esperar treinta y cinco minutos debido a esa muerte esperada. Escucha un ruido, el tren se agita y se detiene. A las 17:20 corre para llegar, va tarde pero no sabe por qué. Ya no es relevante, no tiene sentido preguntarse por el pasado, por algo que es imposible conocer. Llega tarde, no hay nada que hacer, sólo queda esperar lo fatal del crepúsculo, aquello que espera, y no logrará evitar.

Pasará la mañana manejando el camión de pasajero; Rodolfo conoce el último de los días que vivirá: se ponchará una llanta a las doce y tardará media hora en cambiarla. Al terminar el turno matutino irá al comedor de la empresa. Comerá croquetas de atún con ensalada rusa y gelatina de mango como postre. Seguirá con el turno de la tarde -el largo- de nueve y media a tres. Luego regresará caminando a su casa, habrá un grito lejano y un dolor súbito. Es todo lo que puede recordar. Poco falta para el final del año, aún alberga esperanzas de estar equivocado en el recuerdo de su muerte, nunca se sabe, bien podría ser sólo un accidente que lo deje sin memoria, sin idea del porvenir. Pero los recuerdos se vuelven más vívidos conforme se acerca ese momento, con presunción de inminencia, la esperanza se vuelve difusa e impalpable. Las horas pasan, la gente pasa y sube y baja de su camión mientras éste recorre el camino asignado. Ya sabe quiénes viajarán mucho y quiénes bajarán pronto, ahora se sube un anciano que tropezará al bajar y tras él una mujer vestida de blanco y con una cruz roja en el brazo, cuya desaparición curiosamente no recuerda. Sea como sea, él es indiferente, su mente no está en el presente sino anclada en las horas próximas. Quiere pensar que no recuerda bien, quiere pensar que alucina o que hay un error en su mente, pero la marea del tiempo no se detiene ante una simple equivocación.

Bruno toma las llaves de la caseta. Enciende la luz, abre la persiana y se asoma a través del espejo de doble vista. Abre la caja fuerte, saca la pistola, el cinturón y las balas. Saca la silla, guarda las llaves y monta guardia en la caseta policial de la torre habitacional.

Siguiente parada, la gente sube. Un niño, como de doce años, con uniforme de fútbol y balón en mano. —Traes ponchada una llanta, de las de atrás. —Dijo el niño. Rodolfo para, avisa lo que todos los pasajeros ya saben, y se dispone a cambiar el hule.

El sol atraviesa la ventana, el calor de la tarde impregna la pequeña caseta por lo que se sirve un vaso con agua. La señora Huerta se acerca, toca el timbre y se presenta, dice que visitará a su amiga Rocío Domínguez para tomar el té. Bruno la deja pasar. La recta flecha del tiempo no dobla su curso.

Ajusta la llanta de refacción, se dirige de regreso a la base, con la unidad vacía, sin pasajero alguno. El mecánico hará el resto del trabajo, estará lista pronto, no es mayor problema. Rodolfo mientras tanto aprovecha para comer, las croquetas estarán algo quemadas, pero el postre compensará por ello. No será tan mala, incluso para ser la última de su vida. 

Guarda el libro de visitas sabiendo que al dar la vuelta para sentarse de nuevo golpeará el vaso que está sobre el escritorio, derramando el líquido y estrellando el vidrio en mil pedazos. Lo sabe e intenta evitarlo pero por más que intenta lo olvida en el momento preciso y el vaso estalla en el suelo.

Con su autobús reparado recorre las calles de la ciudad, no habrá incidentes. Al terminar regresa a la base y abandona el camión por última vez. La luz huye tímidamente.

Al crepúsculo Bruno está por caer presa del sueño; escucha el ruido del ladrón. Ese que ha temido toda la tarde. Empuña la pistola y se asoma por la puerta. Ve a un hombre que intenta ingresar a un departamento por la ventana. Le grita al desconocido, sabiendo que responderá con un tiro fallido. Así sucede.

Termina su día y camina de la base a la parada del autobús, con la intención de regresar a su casa, a pesar de saber que nunca llegará. Es ese afán de aferrarse a un futuro que no será. La cuenta regresiva sigue, falta tan poco y al mismo tiempo una eternidad. El tiempo se hace lento, sabe que se acerca.

Corta cartucho y al asomarse de nuevo el ladrón no está. Sale a la calle a perseguirlo, pistola en mano. Sabe que al doblar la esquina verá a un hombre que no es el que busca pero al dar la vuelta el presente se cierne sobre él y olvida el futuro.

Escucha un grito lejano y siente el esperado dolor en la espalda con la infeliz humedad que le acompaña. Dobla y ve a un hombre. El que pega primero pega dos veces. Dispara sin pensar, al hombre equivocado.»

Como conclusión me gustaría recalcar ciertos puntos, entre los cuales radica la imposibilidad de lo que acabo de escribir. Queda claro porque el pensamiento debe tener conciencia de sí mismo para poseer un mínimo de estructura y coherencia. Esto, en un planteamiento como el anterior, resulta verdaderamente imposible pues no veo cómo podríamos tener una experiencia mental del tiempo completamente contraria a la de nuestro entorno. Si quisiéramos “recordar” el futuro, la flecha del tiempo debería invertirse (ni si quiera podemos utilizar ese verbo, pues la palabra “recordar” implica necesariamente la idea de pasado.), mismo que no sucedería por sí solo, sino como consecuencia de un cambio fundamental en las leyes de la termodinámica. Si el universo tendiera a un desequilibrio térmico, y la entropía fuera cada vez menor, entonces veríamos vasos rotos saltar desde el suelo a la mesa, completamente reintegrados. Es decir, iríamos del futuro al pasado. Lo curioso es que no resulta físicamente imposible, es sólo cuestión de probabilidad y esto es lo más peculiar de la segunda ley de la termodinámica: su carácter de probabilidad. La entropía tiende a aumentar, y lo hace en la inmensa mayoría de los casos, pero nada impide que en una ocasión disminuya espontáneamente. Por supuesto que la probabilidad es ínfima, es virtualmente imposible, pero sólo virtualmente.

 

Espero que la lectura haya sido de tu agrado, pienso que puede incitar a pensar sobre la esencia del tiempo y sus consecuencias. Por favor hazme saber tu opinión. Sabes lo mucho que me interesa conocer tu punto de vista, siempre resulta enriquecedor y lo sé, tú nunca te quedas sin algo que aportar.

Saludos,

Eric Arthur Blair

 

El autor es alumno de octavo semestre de la carrera de Derecho de la Universidad Panamericana, Mixcoac.