Lo humano y lo político

Por la profesora Maité Mena

 

El ruido y la velocidad con la que nos hemos acostumbrado a vivir, difícilmente nos permiten reflexionar sobre nuestra propia vida, y, si frente a esta indiscutible aceleración de la que somos partícipes, el análisis interior de la vida misma pierde protagonismo, es de esperarse que temas como la política nos resulten absolutamente indiferentes.

En este sentido, es oportuno cuestionarnos ¿qué es aquello que hace que la política nos resulte tan ajena? ¿Qué la ha vuelto un asunto tan demeritado? ¿Qué ha ocasionado que con el paso de los años la política haya cambiado radicalmente su orientación y misión? ¿Qué es “eso” que hoy nos coloca en una posición de completa indiferencia frente a la res publica?

Intentaré dar una respuesta a los cuestionamientos planteados, basándome en la firme idea que de la concepción de ser humano que adoptemos, dependerá la teoría socio-política que asumamos, en este sentido, haré un recorrido por tres épocas que sin duda han marcado la historia de la humanidad, profundizando en la noción de persona que cada una de ellas contemplaba.

 

El ser humano y la época clásica.

Hablar de persona en la época clásica constituye, sin duda, la cúspide del humanismo. El clasicismo encumbró al hombre a un nivel de dignidad sin precedentes, en el que el ser humano estaba dotado de un espíritu integral y de una ciudadanía ejemplar, el hombre era un verdadero portador de ética y educación cívica que se mostraba constantemente ocupado en el fortalecimiento de su espíritu.

Por su parte, Platón aseguraba que lo real y verdaderamente humano se encontraba en el alma, el alma era la esencia humana y el cuerpo un instrumento a su servicio, para Platón, el hombre es un alma racional con un cuerpo material y sensible que aspira a un estado original de perfección mediante una eterna lucha por el logro de conocimientos mayores y cada vez más perfectos, evitando caer en los apetitos de su ser sensible y material, con lo que podemos dilucidar que la función principal de todo ser humano ha de ser el cultivo de su inteligencia como un deber moral para poder rescatar su alma de lo terrenal.

Basados en esta idea de persona, los clásicos estaban convencidos de que la política y el poder tenían como objetivo principal buscar la felicidad de la comunidad, estando ciertos de que la felicidad no implicaba la mera satisfacción de necesidades, sino que, la felicidad radicaba en el cumplimiento del deber.

Los clásicos no concebían el concepto de individuo, de hecho, para Aristóteles, la forma más básica de organización social no es la persona en lo individual, sino la casa, la familia, lo que él denominó oikia. Esta idea, tiene un significado trascendentalísimo; en el mundo clásico no existía un interés personal aislado y egoísta, sino que asumían que todas sus obligaciones giraban en función de los demás, en ese sentido, la felicidad del gobernante se identificaba con la felicidad de la comunidad.

Continuando con la crítica del individualismo que caracterizó a los clásicos, Aristóteles definió al hombre como un zoon politikón, cuyo significado en castellano es “animal político”, un ser que vive en comunidad por naturaleza. Aristóteles sostenía que el ser humano era un animal de la polis, un animal urbano, argumentando que la polis era la forma de organización sociopolítica propia del hombre, y que éste no puede existir sino en comunidad, la vida fuera de una comunidad, -afirmaba- sólo será posible si se es Dios o bestia.

Con estas ideas podemos afirmar que el mundo clásico se caracterizó por concebir a un hombre virtuoso, constantemente preocupado por ser mejor haciendo crecer el espíritu, lo que dio como resultado la supremacía de la comunidad sobre el individuo y por ende, el notorio interés en la res publica.

 

El ser humano y la Edad Media.

Por su parte, la edad media no se queda atrás, y nos otorga una visión sumamente enriquecedora. En este caso, la persona no era propiamente un actor social en los escenarios públicos medievales, así lo sostiene Pablo Fernández Albaladejo: “persona no era el individuo portador de derechos subjetivos, sino un ser imaginario cimentado sobre los conceptos del derecho común”.

Persona era la condición jurídica del miembro de una corporación, dependiente del estado de pertenencia a esa corporación estamental, en otras palabras, lo que te definía como persona era tu estado: gremio, cofradía, parentesco, etcétera.

“La doctrina del derecho común —dice Bartolomé Clavero— sustantivamente operaba, si quiere decirse así, con derechos sin sujetos, o mejor, constituía el ius commune un sistema de privilegios sin sujetos personales, en cuanto tales, realmente ficticios”. “La persona ficta o imaginaria en el seno del derecho común, más que venir a completar a la persona física en cuanto sujeto del sistema, venía realmente a suplantarla. Su concepto no aparece en el ius commune como un complemento de la personalidad jurídica individual, el cual… solo podría aquí a su vez jurídicamente imaginarse o componerse mediante un efecto de agregación de las personalidades ficticias concurrentes en un individuo que eran las realmente operativas; como tal, el de personalidad individual era un concepto jurídicamente inexistente”.

El papel de la persona ficta le había sido asignado por el estamento al que estaba adscrito y por la corporación donde trabajaba, ya fuera por su origen, ya por la sangre, ya por tradición. Por tanto, cada persona por el hecho de pertenecer a un estamento, y a varias de las corporaciones que lo componían, tenía un estado —un estatuto—integrado por una gran cantidad de relaciones jurídicas (obligaciones y derechos) de carácter privado, ya sea laborales, contractuales, sociales, y de lealtades políticas. Sus derechos eran los del estamento y su posición en la sociedad estaba determinada por el o los oficios corporativos, o sea, por la posesión de un estado.

En cambio, no tener estado, constituía una privación, este era el sentido que tenía la palabra “privilegio”, cuyas repercusiones en la estructura social y jurídica fueron enormes.

Este derecho de privilegios o derecho estatutario establecía unas normas de conducta para el “estado de la persona”. Se trataba de un derecho eminentemente civil y privado, que derivaba del orden social, pero de algún modo también era político, pues afectaba a la preeminencia de la persona en la sociedad, y consecuentemente en la jerarquía de mando basada en la auctoritas.  No era un derecho estatuario promulgado por el poder central, sino producido desde la periferia, tanto por las costumbres y tradiciones, como por la vida cotidiana dentro de las corporaciones, se trataba de un derecho absolutamente operante.  Para quien pertenecía a un estamento y, por tanto, tenía un estado, cumplir estas normas o no, era la causa de su valía social, de su prestigio y reputación.

Cada corporación tenía sus reglamentos propios llamados “ordenanzas”, en los cuales se regulaba su actividad específica. Estas ordenanzas formaban un compilado de ordenamientos jurídicos de diversa especie y jerarquía, emanados de cada grupo social, de acuerdo a sus necesidades de vida y costumbres; no se sujetaban a un programa legislativo globalizado emanado desde el centro del poder.

El mantenimiento del orden social dependía en buena medida de la honestidad debida al ejercicio de las virtudes, pues para no “servirse” de su oficio, sino servir al bien de la comunidad, se requería de un esfuerzo de abnegación y consecuentemente de la transformación del trabajo en un servicio con función pública.

Dicho esto, contamos con elementos suficientes para conjeturar que al hombre de la edad media, no podía, bajo ninguna circunstancia, resultarle ajena la vida de la comunidad, el bien común o la res publica, pues en estos conceptos, iba implícita la propia vida de las personas.

        

El ser humano y la modernidad.

El humanismo moderno, representó un cambio radical en todos los aspectos de la vida, una verdadera revolución. El surgimiento del Estado Moderno en el siglo XV, trajo consigo un nuevo concepto del hombre: ser que se realiza mediante la acción, exaltando por sobre todas las cosas su individualidad, el uso de la razón y el relativismo que ahora permeará en su obrar y en todos los aspectos de su vida. Ahora, la persona vale en lo individual, fuera de su comunidad, la sociedad, de hecho, es considerada un mal necesario, un mero instrumento del hombre, este estado de salvajismo aislado del individuo, es el antecedente de la abolición del espacio público y, llevado a sus últimas consecuencias da pie al totalitarismo.

De esta forma el estado moderno comienza a transformar los paradigmas del tejido social clásico y medieval, justo como lo señala María Vanney:

“El Estado moderno se compone de individuos y no de un cuerpo social vertebrado. La sociedad se edifica sobre un individualismo intrínseco que considera a la persona como un agente económico que actúa en el mercado, como un voto o un sujeto de imputación jurídica. Se conforma claramente una total subversión de los subsistemas sociales que se caracterizan por una concepción económica, política o jurídica de la persona que, en definitiva, pone de manifiesto que sólo el poder –del tipo que sea- resulta hoy valorado.

El Estado moderno, en definitiva, al haber invertido en su orden ontológico el orden natural de los subsistemas sociales, construye un anclaje que ahoga al espíritu humano y que se caracteriza porque:

  • El “habitar” es reemplazado por la búsqueda de un bienestar hedonista e individualista.
  • La “economía” pasa a ocupar el lugar de fundamento de toda decisión político-social.
  • El “derecho” queda reducido a una técnica procesal para expertos en gestión legal que aplican con rigor normas basadas en una construcción hiperregulada.
  • La “política” se conforma como un juego de intereses y poderes de agentes nacionales e internacionales.
  • La “ética” se transforma en tolerancia.
  • Y la “religión” es eliminada de la vida personal y social, olvidando el punto de partida de que todo el poder temporal es delegado y procede, en definitiva, de Dios”[1]

A la modernidad le debemos muchas cosas, desafortunadamente, dentro de ese agradecimiento, debemos incluir la decadencia de lo humano.

He querido hacer este breve recorrido histórico para concluir que la crisis por la que atravesamos no se trata de una crisis política, de una crisis de instituciones o de transparencia, ni siquiera de una crisis económica o financiera, la verdadera crisis de la que hoy somos partícipes no es más que una crisis humana, es esta la verdadera respuesta a los cuestionamientos planteados a manera de introducción.

Que paradójico resulta que, en una sociedad integrada por seres humanos, en un país habitado por seres humanos, que en un mundo que no tendría razón de ser sin la existencia de seres humanos, se haya descuidado a la persona humana misma y a todo lo que esta entraña.

Encontremos en este bache de nuestra historia una oportunidad de oro para reivindicar el rumbo, y dotémonos de herramientas que nos permitan combatir el individualismo, realismo, permisivismo y relativismo que se ha sembrado en el imaginario social durante los últimos siglos.

 

La autora es pofesora de Derecho, Sociedad y Estado de la Universidad Panamericana Santa Fe.

[1] Vanney María, Alejandra, Potestas, Auctoritas y Estado moderno, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, S.A., España, febrero de 2009, pp. 21.

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