El juez valiente

Por Víctor Manuel Palacios Certucha

 

A finales de mayo, tuve la oportunidad de viajar a Italia como becario de la International Bar Association (IBA) a un seminario de derecho penal que tuvo lugar en Sicilia, la más grande de las islas que baña el Mediterráneo.

Sicilia no solo es grande geográficamente, sino cultural, gastronómica, e históricamente. No es gratuita la frase atribuida a Goethe, quien después de pasar un largo rato en Sicilia dijo algo como: “Italia sin Sicilia no grabaría ninguna imagen en el alma, aquí se encuentra la clave de todo”.

Pero no son estas características, sino una mucho más sombría, la que me llevó a recordar mi viaje por este lugar, y es una mancha en la historia de Italia que hasta el día de hoy avergüenza y enfurece a los sicilianos honestos y trabajadores, y me refiero a la mafia, a la famosa cosa nostra.

Me acuerdo de Sicilia porque en ese rincón de la tierra, dos abogados dieron su vida luchando valientemente en contra del crimen organizado. Me refiero a Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, dos jueces italianos que dedicaron su vida a luchar contra el enorme poder que tenía la mafia, y finalmente fueron asesinados, no sin antes dejar activado un movimiento social de total repudio por la cosa nostra, que a lo largo de los años ha llevado a un importante desmantelamiento de su organización.  Aquí cabe recordar una de las frases célebres de Falcone: “Gli uomini passano, le idee restano e continueranno a camminare sulle gambe di altri uomini” (Los hombres pasan. Las ideas quedan y continúan caminando en las piernas de otros hombres.)

Me queda muy grabado lo que me dijo un siciliano en aquella ocasión, mientras yo le platicaba de la situación en México: “Pues aquí estuvimos igual que ustedes. Pero tuvimos un puñado de hombres valientes que dieron su vida para combatir a la mafia, y ahora nosotros vamos ganando”.

En México acaba de ser asesinado un juez valiente. Mataron a sangre fría al juez Vicente Antonio Bermúdez Zacarías, un juez que decidió no ceder ante las presiones de quien sabe qué narco o bandido que lo habría tratado de extorsionar. Vicente vio a la muerte cara a cara y le dijo: “No me asustas”.

O quizá Vicente había leído la frase de Kennedy que aparentemente le gustaba repetir a Falcone: “Un hombre debe hacer aquello que su deber le dicta, cualesquiera que sean las consecuencias personales, cualesquiera que sean los obstáculos, el peligro o la presión. Ésta es la base de toda la moralidad humana”.

Como abogado penalista, que cree profundamente en lo que representa el Poder Judicial de la Federación, el asesinato del juez Bermúdez me causa escalofríos. Me llena de rabia y me llena de impotencia, me hace cuestionar si estuvo bien dedicarme a esto. Pero me acuerdo de Falcone y me acuerdo de Borsellino, y el escalofrío pasa, y llega ese sentimiento de ira que no paraliza sino que inspira, ese sentimiento de ira del que habló Aristóteles, sin el cual, nada se consigue.

No creo que Vicente vaya a tener el reconocimiento que tuvieron Falcone y Borsellino. Un aeropuerto como el de Palermo no va a llevar su nombre, ni va a ser un héroe nacional, pero al menos espero que su muerte nos abra los ojos y nos inspire.

Espero que los operadores jurídicos y políticos, como yo, estén llenos de esa ira que nos debe mover en una época como esta. Y espero que estén dispuestos a aceptar las consecuencias políticas y personales que afronta cualquiera que persigue monstruos, siempre teniendo en cuenta la recomendación de Nietzsche, para que no se conviertan también en monstruos.

 

El autor es abogado penalista egresado de la Universidad Panamericana. Actualmente realizando estudios de maestría en justicia criminal en la Queen Mary University of London, en el Reino Unido.