Violines en el Cielo

Por Dorothy Lerch Huacuja

 

 

Silvio Hades González corría en su Bennoto a las ocho de la mañana. No iba tarde a su trabajo; de hecho, ya estaba por llegar y le quedaban veinte minutos libres, así que decidió pasar por una torta de tamal antes de comenzar el rutinario día de lavar los pisos, ventanas y vidrios, de los veintidós pisos del edificio en el que trabajaba. Aún no precisaba el tipo de tamal que quería, inclinándose un poco por el de dulce, cuando su efímero y vacuo pensamiento le fue arrebatado por el conductor de un Corolla Toyota, modelo 2010.

Será necesario que el lector dispense de cualquier noción de muerte que tenga, ya sea por experiencia o por referencia, y dejar que su mente se deje seducir por esta nueva muerte. Probablemente la menos conocida para la mayoría de nosotros, felices vividores de la vida, amantes comodines de la Catrina, insolentes palpitantes, bienacomodados huéspedes del supra.

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Proyecto estelar de clase de Procesal Penal: excursión escolar al Servicio Médico Forense. “Vamos niños, agarraditos de la mano, fórmense a su izquierda, péguense a la pared y pongan atención. Si no vomitan les regalo una paleta. ¡Atención!, ahí viene la mejor parte, contemplen la necropsia, ne-crop-sia niños, no autopsia, del hoy occiso… ¿Cómo decía que se llamaba el muerto, Doc?, da igual, es lo menos relevante. Lo importante es que se fijen en como abren el cuerpo y le sacan todito, todito”.

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Muerte. Lo único que ves, sientes y hueles.

La vida es casi inexistente; fuera de lugar y colada. La vida y palpitación que entraron al anfiteatro conmigo y demás almas insufribles, vinieron a interrumpir la intimidad de un ambiente que rechazaba tajantemente cualquier relación con el día.

Esta escena, penetrante en todos los sentidos, comienza con el olfato: olor a muerte, claro está, a putrefacción. Después, una visión: el Cuerpo; no una persona, sólo un cuerpo, seguido del esfuerzo racional de tratar de entender que ese algo fue, ya no es, y nunca será de nuevo. Sonido: ninguno, como la muerte, como el sepulcro: profundo, oscuro, invasivo y penetrante, al grado de que los gritos de la muerte te dejan sordo.

Fresco como agua de limón con chía que tomé cinco minutos antes en Niños Héroes; caliente como el taco que acompañó el agua de limón, un corazón, pedazo de músculo inerme, exactamente, precisamente idéntico al de la carnicería, yacía en frente de mí, sin dueño ni función, esperando su terrible destino. Corazón dador de vida, ¡que ingrato final te aguarda! Una vez director de orquesta, manantial de vida, regente autoritario, el amor y nada más que el amor, hoy no eres más que un cúmulo de sangre, aguardando un ordinario final en manos del cuchillo, que te hará picadillo y te arrojará a los gusanos. Non plus.

 Muerte, palabra tan vacía. Ésta no expresa en lo más mínimo lo que la sin vida significa. Sientes que estás en una historia de terror, de macabro y perversión. No es la misma muerte que se vive en un funeral o en un velorio. La muerte que se vive en el anfiteatro es perversa, retorcida y no ceremoniosa. No es solemne como Gayosso, es exactamente lo contrario: está llena de sangre y de desorden, violadora de lo humano.

La señora, señorita Muerte, calavera elegante en su túnica negra sosteniendo su brillosa hoz, que aguarda callada a la sombra de la esquina de un velorio, esperando a que el Réquiem culmine en una sinfonía de llantos, no se aparece por estos callejones. Ésta es una muerte repugnante, una bestia que te mira fijamente a los ojos, chupándose los dedos llenos de sangre que escurre por su boca. La cual, mientras te mira y provoca, te hace entender que el vidrio y nada más, nada de derechos, nada de vida, nada de sentimentalismo o filosofías estúpidas, sólo el vidrio te separa de estar aquí, palpitando, que allá sobre una cama de metal, con el cráneo, el pecho y el estómago abiertos, mientras ella se devora todo como bestia hambrienta.

 

Pinche muerte de mierda.

Los doctores sirven como sola referencia de vida; pero perdidos y descontextualizados, estos tramoyistas interrumpen con sus vestidos blancos una escena oscura del Infierno. Nadie se percata que hay una persona ahí acostada, salvo los estudiantes despavoridos. Doctores y técnicos se reúnen alrededor del cuerpo, cómplices de la muerte. Como si nadie entendiera que se trata de una persona. Sólo tú, que no formas parte de ese teatro. A la hora del té, con dos de azúcar, lo toman con un cadáver de mesa.

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Virgilio, con frialdad y técnica nos explica detalladamente lo que los legistas hacen con su material de trabajo, y mientras la explica, la escena se desarrolla ante nuestros ojos:

 

Escena 1

A un hombre desnudo, acostado sobre una plancha de metal, le comienzan a tomar fotografías de todos sus miembros. Alzan brazos y piernas, giran su torso y mueven su cabeza, tomando fotos constantes. Hasta la muerte tiene su paparazzi.

 

Escena 2

Luego llega el carnicero, con su expertise en desmembramiento. Primero, con un cuchillo no esterilizado abre la carne, desde el pecho hasta el vientre. Salen los intestinos, y todo lo que el cuerpo contiene. Con pinzas abre el diafragma, rompiendo con sus manos las costillas. Saca los pulmones, riñones, hígado y demás órganos, y uno a uno, les toma foto, los rebana y los pesa. Para el final deja lo mejor: el corazón. La Muerte comienza a salivar. Deseosa, se mueve ansiosamente esperando el momento en que terminen de rebanar y pesar el corazón para arrebatarlo, tomarlo entre sus garras y atragantárselo.

 

Escena 3

Acto seguido, toman la cabeza por el pelo, realizan un corte por toda la parte baja de la misma, y arrancan todo el cuero cabelludo hasta la mitad de la cara; un desollamiento del que Murakami estaría orgulloso. Sin más, comienza el escalofriante acto de abrir el cráneo con un serrucho. Por unos minutos sólo se contempla el ir y venir del serrucho, una

y otra,

y otra,

y otra vez.

Remueven el cráneo, extraen el cerebro, y, lo fotografían, lo rebanan en finos cortes y lo pesan.

 

Escena 4: Merry Xmas

Al final no queda nada más que un saco de huesos. Existió un hombre llamado Silvio, pero del bulto que yace en el metal, no hay nada de él. No hay nada de humano.

Los órganos que fueron extraídos, se meten todos en el agujero del pecho. Ahí van órganos, corazón, cerebro y gasas. Un doctor aplica toda su fuerza para cerrar con sus manos la apertura, mientras otro va cociendo, como si rellenasen un pavo en Navidad.

Y aquí entra otro gran conflicto de esta romántica velada. No juzguen mi comentario como crítica o menosprecio. Se trata de una sincera curiosidad. Probablemente sea que simplifico demasiado el arte, pero ante lo que vi y sentí, la pregunta necesariamente surge: ¿Cómo es que alguien puede dedicarse a eso?

“¿Qué hace tu papa?” “Es doctor”. “Ah, cura enfermos”. “No”. “Ah, entonces cura vanidades, es cirujano plástico”. “Tampoco”. “¿No es loquero?” “No”. “¿Qué hace entonces?” “Es médico forense”. Y el pobre niño, con experiencia ya, recita el discurso que aclara dudas, disipa perjuicios y tranquiliza su alma agitada: “Por ejemplo, si a una persona la asaltan y la matan en la calle, lo llevan con mi papá, quien hace un minucioso examen de todos los órganos del cuerpo (el niño no sabe bien que este minucioso examen, se trata de una brutal carnicería) y practica varias pruebas de sangre. Así determina la causa de muerte, da el resultado al Ministerio Público y éste continuará la investigación para que se le haga justicia al pobre hombre”. “Suena muy complicado. ¿Quieres decir que se dedica a ver muertos, abrirlos, cerrarlos y mandarlos a la fosa?” “Pues…no, o sea…sí”.

“… Madre… ¿No se ha vuelto loco?”

* * *

Termina el ritual y los estudiantes se preparan a huir, despavoridos, se paran de sus asientos corriendo a la puerta. Todos y cada uno de ellos, salen, dejando a la muerte atrás, con la sensación de que la Bestia los tomará del pie y no los dejará ir, devorándolos. Así, cuando las puertas del Infierno se cierran tras de ellos y sin poder articular una sola palabra, están ansiosos por dejar eso atrás, y distraer su agitado espíritu con cualquier cosa que grite vida, y les devuelva la sensación de limpieza.

Pero el morbo, ¡Oh morboso morbo! Maldito el día en que la curiosidad conoció al señor morbo, violándola y contaminándola, pervirtiéndola. Bárbara culpa, ¡Lo acepto! ¡Lo confieso! Prostituta del padrote morbo soy. Ver un cuerpo sin vida, desnudo, putrefacto; saber que está muerto, vaya que si no es interesante. Vaya que si no te engancha el verlo ahí. Sucio. Así me hizo sentir. Como cuando reflexionas sobre lo que hiciste la noche anterior, y te sientes culpable y sucio. Así me siento yo. Sucia. Sucia porque me atrajo lo que vi. Corrijo, no atraer, no me puede atraer, ¿O si? Pero sí me interesó, sí me pareció casi obsesionante lo normal de la muerte, la normalidad de la escena.

* * *

Todos huyen, dejando el anfiteatro vacío. Los doctores abandonan el quirófano, apagan las luces que dieron vida al espectáculo y el muerto se queda solo. Entre el silencio y la penumbra, si uno se detiene y se concentra, podrá oír algo a lo lejos, algo que viene del cuerpo que yace abandonado. De ese cuerpo desnudo, deforme y violado. Es una voz, es Silvio el que llora, apenado con su desnudez; aterrado mientras ve su cuerpo deshecho; mientras siente las manos frías del doctor en todo su cuerpo. Es Silvio el que ruega porque alguien le sostenga la mano, que lo vuelva a mirar como persona. Es Silvio quien grita y tiembla aterrorizado mientras Ella se acerca en la oscuridad y todos se van sin voltear.